Formación obligatoria: o aprendes o no cobras

Formación obligatoria

En el maravilloso mundo de la empresa moderna, donde la innovación se mide en colores Pantone y el compromiso se calcula en número de clics, existe un ritual sagrado que todos, absolutamente todos, debemos cumplir: la formación obligatoria. Sí, esa gloriosa oportunidad anual (o trimestral, si tu empresa es especialmente devota) de aprender cosas que ya sabes, cosas que no necesitas saber o directamente cosas que jamás usarás. Y todo bajo una misma amenaza velada: “O lo haces, o no cobras”.

No importa tu puesto, tu experiencia o tu sentido común: tú vas a hacer el curso de “Prevención del acoso en la era digital”, el de “Protección de datos para humanos y reptiles”, y el de “Gestión emocional en entornos híbridos”. Todos ellos cuidadosamente diseñados con vídeos de stock, voces narradas por inteligencias artificiales mal entrenadas y test finales donde la respuesta correcta es “todas las anteriores”.

Porque la clave aquí no es aprender. No, qué va. La clave es certificar.

Aprender es secundario. Lo que importa es que el sistema marque un “completado”, que se genere un PDF con tu nombre y que alguien, en algún departamento de compliance, pueda decir que se han cumplido los objetivos formativos del trimestre. A eso se le llama “desarrollo del talento”, aunque en realidad el talento está cada vez más ocupado intentando reproducir el vídeo en velocidad 2x sin quedarse dormido.

Y claro, como todo esto es obligatorio, no falta la fecha límite: “Debe completarse antes del 30 de junio a las 12:00”. Y tú, que llevas semanas postergándolo porque estás trabajando de verdad, te ves el día 29 a las 23:46 contestando a un cuestionario sobre la gestión de residuos en oficinas, sudando frío porque has fallado dos veces y si fallas una tercera tendrás que repetir todo el módulo. Porque eso es lo que necesita tu empresa: que dediques dos horas a repetir que el cubo azul es para papel, no vaya a ser que reciclar mal destruya la cultura corporativa.

¿Y qué pasa si no lo haces? Pues dependiendo de la empresa, puede que te congelen la nómina, que bloqueen tu acceso al sistema o que te llegue un correo pasivo-agresivo de Recursos Humanos con asunto: “Gentil recordatorio sobre tu desarrollo profesional (¡urgente!)”.

Y tú, claro, te lo tragas. Porque en el fondo, sabes que nadie va a leer tu evaluación, que nadie va a comprobar si has aprendido algo, y que la empresa ni siquiera aplicará nada de lo que predica. Pero necesitas ese check verde. Esa marca que dice “cumplido”. Como si eso significara algo más que supervivencia.

Lo más triste es que podría ser diferente. La formación no tiene por qué ser una broma. Podría ser útil, estimulante, incluso transformadora. Pero para eso habría que escuchar a las personas, dejar de medir el aprendizaje en Excel y empezar a confiar en que, si alguien quiere aprender, lo hará mejor por interés que por obligación.

Así que la próxima vez que te llegue ese correo que empieza con “Como parte de nuestro compromiso con el desarrollo continuo…”, respira hondo, abre la plataforma de formación, pulsa play, sube la velocidad del vídeo, y deja que la sabiduría corporativa te atraviese como una ráfaga de aire acondicionado mal regulado.

Y recuerda: si no aprendes, al menos… cobra.