Team Building: el timo de la estampita en versión empresarial

Team Building

Hay una etapa en la vida de toda empresa en la que alguien —generalmente un directivo que no pisa su departamento desde el último eclipse solar— decide que el equipo necesita “cohesionarse”. La palabra clave es esa: cohesión. No importa que el grupo lleve trabajando junto desde que Windows XP era lo último en innovación. No importa que se conozcan tanto que podrían recitar los traumas infantiles del compañero de al lado sin pestañear. Hay que hacer Team Building porque lo ha dicho una consultora. Y ya se sabe: si lo dice una consultora, es como si lo dijera el oráculo de Delfos, pero cobrando por PowerPoint.

Y ahí estamos. Con el Excel abierto por un lado, y el correo con la invitación al “offsite de equipo” por otro. ¿El plan? Una jornada de “reconexión” en una finca con césped artificial, monitores hipermotivados y dinámicas absurdas con nombres en inglés. El Powerpoint del evento promete “alineamiento”, “refuerzo del sentimiento de pertenencia” y “trabajo colaborativo”. Lo que uno experimenta es vergüenza ajena, incomodidad social y una duda existencial: ¿en qué momento mi carrera profesional me trajo hasta aquí, lanzando globos de agua con el de contabilidad?

La industria del Team Building en España ha vivido durante años de repetir fórmulas vacías importadas del mundo anglosajón. Lo que allí puede tener cierto sentido —en culturas más jerárquicas, frías o con poca interacción informal— aquí resulta una especie de teatro forzado para personas que ya se conocen, que comen juntas cada día, que se han ido de cañas, bodas y hasta entierros. ¿De verdad alguien cree que montar una torre con espaguetis y nubes de chuchería va a “mejorar la comunicación interdepartamental”? ¿No sería más útil que hablaran, sin powerpoints ni monitores disfrazados de coach?

Además, el español medio tiene un detector de postureo calibrado con precisión suiza. En cuanto huele que algo huele a falso, pone el modo supervivencia: cinismo, sarcasmo, y esa media sonrisa que dice “estoy aquí porque me pagan, no porque me lo trague”.

Y lo más sangrante: las empresas han empezado a darse cuenta. Después de gastarse miles de euros en juegos con cuerdas, pinturas de guerra y simulacros de naufragio emocional, han llegado a la conclusión obvia: el retorno es nulo. El mismo equipo que ayer saltaba abrazado en un bosque, hoy se sigue tirando los trastos en la reunión de seguimiento del proyecto. Sorpresa: las dinámicas no sustituyen al liderazgo, ni a una cultura sana, ni al sentido común.

Pero no todo es malo. Siempre hay alguien que lo disfruta: el consultor. Ese ser que aparece en escena como un gurú de las emociones, que repite palabras como “resiliencia” o “propósito” como si fueran pociones mágicas. Cobra bien, no se queda a comer con el grupo, y desaparece dejando tras de sí una nube de positividad tóxica y facturas con IVA.

En resumen: el Team Building ha sido, durante años, el placebo emocional de las empresas sin liderazgo ni escucha real. Un espectáculo de humo y espejos. Un intento de arreglar con pelotas de colores lo que se rompió con decisiones absurdas y mandos intermedios que gestionan por correo electrónico.

¿Quieres cohesionar a tu equipo? Escúchalos. Respétalos. Dales autonomía. Y, sobre todo, no los obligues a abrazarse mientras hacen una coreografía con cascos vikingos.