Por qué soy libertario (y tú también deberías serlo)

Por qué soy libertario

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A estas alturas de la vida —y de la estafa— no me presento como libertario por moda, por estética, ni por postureo rebelde. No llevo gafas de pasta ni hago vídeos en TikTok sobre “finanzas descentralizadas”. Soy libertario porque me he hartado de pagar facturas morales y económicas que no me corresponden, de subvencionar la estupidez organizada y de ver cómo la libertad se convierte en una reliquia mientras la gente aplaude desde la grada.

Soy libertario porque creo en la libertad individual, la propiedad privada y la responsabilidad personal. Tres conceptos que, en estos tiempos, suenan más peligrosos que una bomba en un ministerio.

Pero no lo soy porque un youtuber me lo dijera. Lo soy porque he leído, porque he vivido, porque he pagado y porque he llegado al límite de mi paciencia fiscal, ética y vital. Como diría Ludwig von Mises, «todo intervencionismo lleva al socialismo», y eso no es una frase bonita para un póster: es una advertencia que nadie quiso escuchar.

La Escuela Austríaca de Economía no es una secta, ni una religión. Es, simplemente, el último bastión de la cordura económica en un mundo que ha convertido el despilfarro en política de Estado. Menger, Hayek, Rothbard… no vendían utopías, ni repartían panfletos. Lo que ofrecían era comprensión. Explicaban cómo funciona el valor, el mercado, el precio y el intercambio libre entre adultos que no necesitan ni un padre ni un burócrata.

Y ese es el punto clave: la gente libre no necesita amos, ni salvadores, ni gestores iluminados. Necesita espacio. Necesita que no la jodan. Necesita que la dejen vivir, trabajar, crear, fallar y volver a intentarlo sin que el Estado le robe el 50% del fruto de su esfuerzo “por su bien”.

Pero claro, decir esto hoy te convierte en peligro público. Porque el estatismo moderno es una religión, con sus dogmas y herejías. Creen que el Estado debe estar en todo, regular todo, salvarnos de todo. Y cuando eso falla, piden más Estado. Es como si al ver que el médico te ha amputado el brazo equivocado, decidieras darle el otro.

El mito más grande es ese que dice que «sin Estado no habría justicia, ni salud, ni educación». ¡Mentira! Eso es como decir que sin carcelero no hay seguridad. Lo que no hay es prisión.

¿Quieres justicia? Empieza por devolver al individuo la capacidad de decidir. ¿Quieres salud? Deja que las personas elijan su médico sin listas de espera eternas y estructuras ineficientes. ¿Quieres educación? Saca las manos del Estado del cerebro de los niños.

Ser libertario no es no querer pagar impuestos, es no querer que te roben. Es negarte a entregar tu libertad a cambio de una seguridad fabricada por políticos con traje y corbata; es entender que la democracia real empieza en el individuo, no en el Parlamento; es asumir que no hay nada más justo que el intercambio voluntario y que lo inmoral no es ser rico, lo inmoral es ser pobre toda la vida mientras el Estado te dice que es por tu bien.

Mira, si crees que la libertad es peligrosa, entonces no mereces tenerla. Y si crees que el Estado te cuida, abre los ojos: el Estado no cuida, administra… y mal. Lo hace como un padre borracho al que le das la tarjeta y no vuelve hasta que ha hipotecado la casa.

Así que sí, soy libertario. Porque me niego a ser un engranaje agradecido en una maquinaria oxidada, porque ya no creo en cuentos de hadas con bandera y subvención y porque, al final del día, prefiero equivocarme por mí mismo que obedecer a los que llevan décadas arruinándonos en nombre del progreso.